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Ya basta de condenas enérgicas

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Ya basta de condenas enérgicas

Mensaje por Tremendo el Mar Sep 28, 2010 10:11 am

Adriana Esthela Flores
Desde el murmullo


Siempre están escoltados. Por su trabajo al servicio del país, reciben bonos de riesgo –además de su seguro de vida-. Viajan a bordo de vehículos blindados e incluso, sus familias ni siquiera viven en territorio nacional. Sin embargo, cuando un ciudadano de a pie muere en aras de la guerra contra el crimen organizado (muerte válida para aquellos que no la padecen de cerca), siempre salen con el mismo mensaje: “Condenamos enérgicamente los hechos”.

Acaba de ocurrir con el asesinato del alcalde de Doctor González, Nuevo León, Prisciliano Rodríguez Salinas. Las frases hechas desde los gabinetes de comunicación social de los gobiernos federal y estatal huelen a mero formulismo, a trámite, a costumbre y a lo que es peor: a esa sensación de que la indignación por la muerte dura sólo unos minutos antes de esfumarse en miles de pendientes más de las agendas oficiales.

El Presidente Felipe Calderón fue de los primeros en reaccionar: “El Presidente… condena de la manera más enérgica la artera acción criminal…y expresa sus condolencias a la familia del Alcalde por tan lamentable pérdida”. Después añade: “El Gobierno Federal reitera su compromiso de continuar trabajando por la seguridad de todos los ciudadanos y no dar tregua a las bandas criminales”.

Luego, el gobernador Rodrigo Medina dijo, en conferencia junto a su gabinete de seguridad: “Reitero que no nos van a amedrentar, que no nos doblegaremos y que en esta lucha el Estado de Nuevo León seguirá actuando con mano firme y determinación, hombro con hombro, con nuestras Fuerzas Armadas y el Gobierno federal para preservar la paz”.

Pero afuera, los boletines, comunicados, conferencias, ruedas de prensa, pronunciamientos y mensajes a la nación se vuelven nada. Se estrellan en la soledad que ha sitiado las calles de muchos estados del país.

Nuevo León, mi estado natal, es uno de ellos. A nivel nacional, la noticia del asesinato del alcalde cae como balde de agua fría, como un mensaje claro de horror, de pasmo. Eso ya era totalmente previsible desde hace, por lo menos, cinco años.

Para muestra, el enfrentamiento que acaba de ocurrir en el Municipio de Melchor Ocampo. Alejados del Palacio de Gobierno estatal, ubicado en el centro de Monterrey, los municipios más cercanos a Tamaulipas poco a poco empezaron a ser gobernados por los cárteles de la droga. Eso no es ningún secreto para nadie que conozca Nuevo León.

Ha sido el territorio donde operan sin molestia, donde las autoridades empezaron –primero- pidieron permiso al crimen organizado para poder ejercer su gobierno. Luego, esas zonas –rara vez visitadas por los gobernantes en turno, perfectamente olvidables- dejaron de pertenecer al Estado.

“Acá decimos que el gobernador es de Monterrey, no piensa en los de acá”, decía un anciano de la zona rural que usaba una rama de árbol como bastón y que contemplaba maravillado el séquito de helicópteros, camionetas de lujo, guardaespaldas y cámaras que seguían al entonces gobernador Natividad González Parás.

No importaba el partido político: el control lo tenían otros distintos a la autoridad, al gobierno.

Luego hubo elecciones municipales y estatales y el escenario sigue siendo el mismo: Nuevo León está sitiado por el miedo, el dolor y un constante sentimiento de alerta que impide a los regiomontanos y a los nuevoleoneses ser dueños de sus calles, como antes, como siempre.

Ojalá las condenas enérgicas y las lamentaciones de las profundas pérdidas pudieran devolver la vida de inocentes. Pero no es así. Es preferible el silencio respetuoso de los nuevoleoneses que a pesar de las caídas, siguen trabajando y luchando contra sus miedos. Ésa, considero, es la expresión más ferviente de eso que los gobernantes llaman –desde sus espacios blindados- “lucha”.


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